Los últimos días de agosto siempre han sido especiales en mi familia. Desde pequeño recuerdo la llegada de septiembre con nerviosismo en mis padres. Era el mes clave que iba a determinar el porvenir de la pequeña bodega familiar ese año. Para mi significaba que se acababa el verano y había que volver a los libros y los deberes escolares, cosa que nunca me ha entusiasmado. Para mi familia significaba días de duro trabajo, jornadas de sol a sol, dos de las semanas más importantes del año en todos los pueblos que hoy conforman la Ribera del Duero, cosa que no entendía muy bien ya que se “iban a partir el lomo” y estaban deseosos de ello.

 

Estamos acabando agosto y la perspectiva a cambiado radicalmente. Siento el cosquilleo cada vez que paseo por los viñedos de la bodega, esa sensación que te arropa y que va a estar ahí durante el siguiente mes, a diario. El duro trabajo de todo un año puede verse truncado por una helada tardía sin que tu puedas hacer nada más que esperar y rezar.

 

Pero no voy a engañar a nadie, esa sensación me encanta.