La vida pasa rápido, las experiencias te marcan, y las que personas que te rodean dejan huella en ti. Si metemos estos tres conceptos en una coctelera, sacamos importantes aprendizajes y entre ellos, que aquí, por mucho que queramos esforzarnos en pensar en esquivarlo u obviarlo, el que manda es el tiempo. De esto he hablado en una preciosa charla que he impartido esta semana junto a nuestros amigos de Dislicores en Colombia. Siento la responsabilidad de compartir mi sentir sobre el emprendimiento, una difícil tarea que inunda tu vida una vez que decides meterte de lleno en ella, pero que a la vez que trae importantes retos, te lleva a conocer la verdadera satisfacción.

Miro atrás en el tiempo y me asombro de que hayan pasado tantos años ya desde que paseaba con mi abuelo Emilio Moro por el viñedo. Si convierto esos años en minutos, da auténtico vértigo. Porque si lo pensamos fríamente, ¿cuántisimas cosas podemos hacer o decir en cinco minutos de nuestro tiempo? ¿Y lo hacemos? Muchas veces no valoramos esas agujas del reloj corriendo sin cesar, pero los momentos no se repiten, la vida no se detiene.

Por eso es el momento de decir alto y claro que a la vida hay que cogerla con ganas, de forma valiente y sin plantearnos los límites. Es complicado, y más aún cuando velas por el interés de un proyecto que nace del corazón, pero os aseguro que todo merece la pena. Las dudas y la indecisión siempre dan lugar a brillar con más fuerza, y esa luz no se apaga nunca. Solo hay que aprovechar el tiempo, no dejar que ni siquiera un segundo deje de merecer la pena, porque en la vida, como en los negocios, cada instante cuenta.