Hoy echo la vista atrás y miro a este año que llega a su fin realmente satisfecho y orgulloso de todo lo conseguido. Porque este proyecto no ha dejado de crecer ni un solo día, porque creemos que solo el que persigue sus sueños los alcanza, y porque quien no arriesga, no gana. Solo siendo inconformistas podemos llegar a tocar el cielo.

Un cielo que hemos alcanzado este 2019 con Times Square a nuestros pies con el mural del pintor Domingo Zapata en el que nuestros vinos representan con orgullo la marca España; con el XX aniversario de Malleolus rodeado de amigos en un entorno imponente como es el Teatro Real de Madrid; con el lanzamiento de nuestra añada solidaria de Cepa 21 2016 en favor de Scholas Ocurrentes, y la visita que con ellos hemos hecho al Papa Francisco en el Vaticano. Y es que cada paso que damos es un fiel reflejo de lo que somos, y el mayor ejemplo es nuestro primer libro, “Si lo sabes escuchar, el vino te habla”, un relato muy personal que nos ha ayudado a poner en palabras lo que solo nosotros habíamos guardado en nuestra memoria.

Pero hay un proyecto que me cuesta especialmente explicar con palabras y que me llega siempre al coración, el que continuamente llevamos a cabo en la Fundación Emilio Moro. En las comunidades más remotas de México y Colombia es donde realmente paras el ritmo y te detienes a pensar lo afortunados que somos por acceder al agua a cada instante. Y ahí es cuando valoras aún más una labor imprescindible, ayudar al que lo necesita. Porque todos tenemos la obligación de hacer del mundo un lugar más justo, porque de nada sirven nuestros éxitos si no devolvemos a la tierra y a la sociedad todo lo que nos aportan para cosecharlos.

En definitiva, un año lleno de emociones, de sonrisas y de duro trabajo. Todos ellos han sido momentos únicos que jamás se borrarán de mi memoria. ¡Gracias, 2019!